Autor: jmem74

Mitad real, mitad papel

Veo la hora, pasan solo minutos.

No logro desvanecer tu rostro.

Tú voz retumba en mis oídos.

Tú sonrisa está clavada en mi mirada.

Veo la hora, pasan solo segundos.

Siento el roce de tu cabello en mis dedos.

Tú andar hace temblar mi ser,

y anclo mi mirada con la tuya.

No corras tiempo, por favor.

Párate. Deja eterno este momento.

Congela todo, envuelve este instante.

Otorga el beneficio de lo que perdura.

No vueles tiempo, por favor.

Que nunca amanezca, que se quede.

Ahora está aquí, mañana no lo sé.

Veo la hora y ya es tarde…

Te has ido.

Solo me queda la imagen del rostro.

Mitad real y mitad papel.

10 años después

Diez años pasan rápido,

Nada cambia y poco sucede.

La vida sigue, todo fluye.

Las calles, los coches y la gente.

Es solo un ágil soplido de aire,

Que apenas te mueve un pelo.

Misma platica, mismos lugares.

Misma gente, mismos cuentos.

Duele lo mismo, nada ha cambiado.
Mas fue a ti a quien ni vi,

Y rogué por un profundo cambio.

Que acortara esta brecha y

nos uniera otros diez años.

Mi farsa

Nunca antes había sentido esos cosquilleos en mi brazo, los nervios que lo articulan de pronto exigieron movimientos precisos. Esa misteriosa sensación desembocó en un impulso eléctrico que ya no puedo olvidar ni evitar. Sucedió la tarde de un 23 de mayo y sigue pasando hasta el día de hoy, unos años después. No me queda claro cómo es que Jorge y Silvia, que fueron producto de mi imaginación, salieron hacia el mundo escrito a través de ese impulso y después cobraron vida en el imaginario de algunos lectores. Me apena compartirlo con ellos, como si esto fuera una historia cotidiana y es aún más vergonzoso darme cuenta que extraigo de esa experiencia algún conocimiento. Escribir me resulta algo íntimo pero me provoca compartirlo. Compartir la intimidad, sin embargo, es aterrador.

Puede haber muchas razones para escribir; en mi caso, proporciona el placer de contar. Mimetizar una ficción que da vida a personajes formados por mis letras y observar cómo crecen hasta cobrar vida propia, versátil y renovable como la mente de quien lee su génesis. El reloj no es su preocupación, solo desean estar en la memoria de más gente para fortalecerse con cada lector nuevo.

Percibo esa metamorfosis como un nacimiento peculiar que va de las letras a los huesos y la piel. Su paso de la imaginación a la vida es tan fascinante que logra provocar emociones. Cada personaje, pese a vivir en el mundo de la ficción, es tan real que vive en nosotros y los lectores empedernidos, pues los pensamos más que a la gente cercana, a quienes podemos tocar con nuestras manos.

Nada de esto cruzó por mi mente cuando empecé a teclear “Tantos años pasaron, era joven e intrépido…”. Esas palabras que rogaban existir para levantar el polvo de mi alma eran un secreto guardado en una bóveda impenetrable. Pero no hay secreto ni barrera perfecta, así que el mío, sin ser excepción, decidió salir y liberarse del cautiverio celoso que yo mismo le impuse aún sin pretender convertirlo en una novela.

Excavar en la mente es duro, trabar la pala y remover la tierra puede resultar tan laborioso como divertido pero sobre todo va quitando peso a la vida que por sí misma ya es pesada. Las primeras palabras me hicieron sentir que separaba los pies del suelo. Al continuar con la historia y sin darme cuenta, pesaba tan poco que ya estaba volando. Pero como en la naturaleza, toda creación debe tener su equilibrio para armonizar y eso hará rodar la piedra más rápido, hasta hacerla inmensa.

Escribir es volar

No sé si el ímpetu de transcender se apoderó de mi esa tarde de un 23 de mayo y todas las que siguieron, pero comencé a teclear y no me detuve por varios meses. Mis personajes se habían adueñado de mi tiempo sin dejar de fraguar sus próximos pasos, exigiendo que marcara su destino. Hubo un tiempo en que me detuve y metí en un cajón lejano los manuscritos impresos llenos de tachaduras. Pero su voz, como un eco lejano, seguía en mi mente. Leía novelas de otros, miraba series con la frustración de no culminar lo que había empezado. Finalmente me decidí a sacar del cajón esos documentos ya empolvados y continuar. Recuperar la omnisciencia para saberlo todo de este mundo que yo estaba creando. Ese fue el momento en que me vi frente a un desierto árido de palabras.

A mi parecer la novela estaba lista aunque no había ni empezado. Todo debería engranar con tal sincronía que ningún investigador disfrazado de común lector descubriera mi farsa. Fue un proceso largo y enriquecedor poner el punto final a un texto que comenzó con ilusión, causó sufrimiento en su proceso y dejó una gran satisfacción en su desenlace. Escribir esta historia resultó una novedad que me obligó a explorar en terrenos desconocidos. Caminar con los ojos cerrados pero todos los demás sentidos hiper sensibles con la idea de no detenerme. La primera novela es la versión de uno mismo hace miles de años, donde por inercia se avanza y por instinto se sobrevive. Estas palabras y todas las que están plasmadas son el testigo de que nuestra permanencia. Y que mejor ser uno mismo quien lo exponga al mundo o a aquel lector que algún día leerá lo que has escrito.

-¡Si me borras a mí, te borras tú!

Siempre he visto por él. Como un ángel de la guarda, en cada tropiezo, encontró en mí a un brazo fuerte que lo sacara del hoyo que se había metido…

Así crecieron Manuel y Adolfo. Hermanos de la misma madre, Manuel era quince años mayor. Desde chico Adolfo vio a su hermano hacia arriba y de todos lados, siendo éste más que un súper héroe en su vida. Una figura de acero con basamento de concreto. Hecho con un molde, que además de extraño, no es fabricado ya más. Desde su adolescencia su hermano menor fue motivo de preocupación, y no siendo su único hermano, éste le causaba un sentimiento especial. Solo bastaba una mirada del niño Adolfo, para que el adolecente Manuel dejara cualquier ocupación, deseo y entretenimiento para correr a atenderlo. Así creció Adolfo con esa gran figura casi paterna, y digo casi por que su padre era un buen señor, pero hasta ahí. Humilde emigrante con poca educación formal y mucha fuerza para trabajar.

Causando envidia con sus hermanos mayores, Adolfo siempre gozó de la sombra abrazadora y protectora de Manuel, y que viniendo de una figura de acero con cimiento de concreto, por más lio que se viera metido, lo sacaría a la velocidad del rayo.

Así los hermanos crecieron. Juntos vieron el crecer de sus familias y el morir de sus padres.

Estos hermanos siempre unidos, con una mecánica repetitiva del mayor estar salvando al menor, se convirtió en costumbre. Adolfo emprendiendo y fracasando y Manuel al pendiente y salvando.

Una y otra vez, la tercera fue la vencida. Adolfo se hizo importante en su ramo. Su carrera fue exitosa al grado de olvidar quien lo  puso en ese camino, y no nada más eso, sino quien había sido ese brazo que lo había sacado de tantos y tantos descalabros.

Manuel removido de la empresa por su grandioso y poderoso hermano menor. Argumentó que ya era anticuado y nocivo. Olvidó quien en un principio lo metió.

– ¿Se lo digo? ¿Entenderá solo? ¿Cómo se atrevió? ¡Borrarme, así nada más! – Tantas preguntas pasaron por su mente sin ni por un minuto arrepentirse de todo lo que había hecho por él, su integridad se lo impedía.

Adolfo creció a la sombra de Manuel y ahora pretendía bórralo, como si nada hubiera pasado. Ahora la importancia y abundancia que le rodeaba lo hacía pensar que esa sombra que tantas veces lo acobijó, ahora no era más que un lejano recuerdo que se desvanecía se sus pensamientos. Manuel ya no formaba parte de ellos.

Más años pasaron, distanciados uno del otro. El mayor se vio en sus últimos respiros. Borrado de la lista del Adolfo, había pasado muchos años, solo sabiendo de oídas que su hermano llevaba una vida buena y estable. Paso sus últimos años con sentimientos encontrados. Tristeza de haber sido borrado y alegría del bienestar de su hermano.

En su lecho de muerte y rodeado de toda su familia Adolfo se presentó a despedirse. Cabizbajo y apenado se acercó a Manuel, este lo tomó de la mano. ¡Sintió paz! Tenía a su hermano junto a él, después de tantos años. -¡Si me borras a mí, te borras tú!- Le dijo con el poco aliento que le quedaba. Y llorando a lado de su hermano, lo vio morir.

Tatuadas en su mente estaban las últimas palabras de su hermano. No las entendía. – ¿Cómo que si lo borro? ¿Borrarlo de qué? ¡Él tenía sus cosas y yo las mías! ¡Yo no lo borré de ningún lado! ¡Lo extraño!…-pensaba. Los días pasaban y seguían estas palabras como enjambre de abejas en sus pensamientos. No estaba en paz, no se sentía bien. Recordó aquel día años atrás y lloró.

Nunca se detuvo  a pensar que efecto había causado en su hermano, y ahora ya no podía pedir perdón. Lo borró y sin darse cuenta se había borrado a él mismo. – ¡Yo soy lo que él hizo de mí! ¡Yo soy él! ¡Que ingenuo!- Concluyó.

Ayúdame a olvidar

Tengo que dejar de pensar en el ayer.

Mis lágrimas son ya de pura sal.

En aquel día que te tuve que conocer.

Fue una casualidad, pero así es como debió ser.

Ayúdame a olvidar esos días juntos, no quiero recordar

Tenerlos duele, debo olvidar.

Ayúdame a no tenerte, ¡cambia tu sonrisa!

Aleja de mi tu bondad, tu carisma.

Borra mi memoria con malos tratos, aléjame.

Hazme odiarte, despreciar tu paso.

Deshaz lo que construiste en mi alma,

Haz que se derrumbe esa base sólida que plantaste en mi ser.

Socaba hasta el fondo, no dejes nada.

Ayúdame a olvidar. Ayúdame a empezar.

¿Quién es el escritor?

Empezaron como un producto de mi imaginación y ahora Silvia y Jorge extienden sus brazos para escapar de su cautiverio bidimensional entre papel y letras. Sacan las manos, se agarran con fuerza de las mías. Tan solo con tocarnos ellos adquieren la fuerza necesaria. Me usan para salir de entre las páginas donde los escribí y les di forma. Ya libres, tejen una serie de hilos invisibles que me dirigen como si fuera una marioneta y durante meses controlan cada movimiento. Ahora son ellos quienes me obligan a seguir su historia. Esta máquina invierte los papeles, ya no parezco su creador, ahora mis personajes son quienes lo controlan todo.

Este mecanismo se activa de forma inmediata al abrir el manuscrito que los contuvo. Mueven mis dedos a su antojo, teclean caracteres que forman palabras, frases, situaciones. Intentan lograr su cometido: Ser personajes entrañables para vivir eternamente. Jorge, disfrazado de adolescente sin rumbo y Silvia, con esa mirada mustia e inocente esperan escondidos en las orillas del papel. Quieren que me acerque al ordenador. Están ansiosos de que lo encienda. Sigilosos, aguardan a que esté listo. Siempre temen la aparición de distracciones antes de abrir el archivo que habitan. una vez abierto el documento, echan a andar la máquina. Sabían muy bien que regresaría, solo esperan un rato libre y están ahí para lograr su cometido: Ser reales. Están decididos a convertirse en los protagonistas de mi vida. Quieren que me defina a través de ellos

Hoy lo veo claro, antes me dejaba atraer por la vibración hipnótica de un tambor remoto que me hacia regresar y colocarme en el lugar que ellos habían dispuesto para mí. Al principio se oía lejano pero después era tan fuerte que no respetaba mi sueño. Me sacaba de la cama y me llevaba con ellos; era la única forma de callarlo.

Incluso ahora, escribiendo estas líneas y confesando mi farsa se que están ahí escondidos tras la puerta, asomados mientras mis ojos están clavados en la pantalla, mofándose, seguros de que siga siendo su esclavo. Hablan bajo entre ellos y planean su siguiente movimiento. Discuten su trama, organizan sus viajes por el mundo, eligen a sus compañeros de aventuras. Mueven los hilos a distancia para nos ser descubiertos. Caminan por mi casa, corren conmigo por las mañanas y hasta se asoman en mis horas de intimidad.

Lo que ellos no saben es que sus hilos se desgastan conforme avanza la historia. Como toda vida, ésta inicia y progresa para concluir. Se aferran a esa máquina a punto de caducar. Están locos y ciegos, se los digo ahora: ya son reales, lo han logrado. Temen la llegada de Daniel, quien ahora ocupa un sistema más sofisticado que el de ellos. Se confabulan y ahora son tres quienes están ahí observando mis pasos, vigilando mis pensamientos. Hay alguien más, Alina espera sentada, callada y aislada del resto. Lleva un vestido rojo (¿acaso se volvió negro en el proceso?) y un árbol que le hace sombra. Insatisfecha por ahora, sabe que será la siguiente protagonista. Intuye que su historia me hará más daño que la de Silvia, no solo pretende que yo sea un mentiroso ¡No! Se propone que se me conozca por un loco que intenta hacer hablar a un muerto. Que reviva los recuerdos de Daniel, que está a punto de ser enterrado.

Te despiertas

Suena tu despertador, entre abres un ojo y ves que son en punto de las cinco cuarenta y cinco de la madrugada, está oscuro. Te revuelcas de un lado a otro, no crees que ya han pasado horas desde que decidiste conciliar el sueño. Darás mil vueltas antes de darte cuenta de que si no lo haces llegarás tarde. Tratas de apagar ese sonido filoso y penetrante, pero tu ultima postura te impide alcanzar el botón que pondría fin a tu sufrimiento. Te obligas a levantarte estirando tu brazo como si este fuera de plastilina. Por fin apagas ese ruido que emana esa caja negra con números verdes infernales que tanta repulsión te causa. Por fin lo logras. Tu primer movimiento racional del día es tallarte los ojos, tratando que tu mente regrese al mundo de un profundo sueño. Pones los pies en el suelo para asegúrate que al cargar todo tu peso te sostenga. Estiras tus brazos tratando de alcanzar el cielo, del que crees regresar.

Das cuatro pasos, suficientes para recuperar la confianza, te diriges al baño dando cuatro pasos más, sincrónicos y fuertes donde el frío del piso congela la planta de tus pies. Hasta que te detienes frente al escusado, te urge vaciar tu vejiga. No sabes si podrás hacerlo de pie o mejor sentado. Pero tu ego te impide hacerlo sentado y sin importarte que tan frío siga el piso, te sostienes de esa pared áspera y amarilla que te pica la mano.

Das pasos más ágiles. Un pie atravesando al otro como guillotina, con el fin de llegar a tu vestidor. Te pones la opción más fácil para esa madrugada, un short azul y una playera blanca. Tomas tus calcetines que arropan tus pies aliviándolos del frió al que estaban expuestos. Amarras las agujetas y bostezas, tu último suspiro previo a ponerte en marcha. Saldrás a correr desde tu apartamento hasta el parque de las banquetas rojas, anchas. Resguardadas por esos árboles que ocultan medio cielo. Pretendes adentrarte hasta el espejo de agua donde marca tu medio camino. te enfilas al regreso, no sin antes verte reflejado en el y agradecer el momento en que decidiste estirar la mano y apagar ese despertador que tanto te enojó al chillar.  Ves tu rostro, pleno y feliz. Te guiñes un ojo asintiendo lo mucho que te respetas por lo completado hasta ese momento. 


Cierras los ojos.

Abres los ojos es medio día. Ves tu silla de ruedas recargada doblada sobre en la pared amarilla. Respiras hondo inhalando tu primer suspiro de otra largo y monótono día.

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